Por Daniela Manuschevich, PhD en Políticas Ambientales, Escuela de Geografía, Academia Humanismo Cristiano.

Gabriela Cabaña, Antropóloga, Estudiante de doctorado en el departamento de antropología, London School of Economics and Political Science.

En su cuenta del agua hay un pequeño texto que indica un cambio tarifario llamado “límite de verano”, luego del cual le cobraría más del doble por metro cúbico.

La ideología del libre mercado propone que los precios son los mecanismos más eficientes para ‘corregir’ conductas. La idea suena razonable a primera vista: ¿Qué mejor incentivo que hacer el agua más cara para disminuir su uso y cuidar el recurso?

Sin embargo, hoy en día el mayor consumo de agua está la agricultura. No esa agricultura tradicional ya acostumbrada a lidiar con las sequías del clima mediterráneo, sino que el gran sector agro exportador que puede pagar el agua más cara, especular con esta, y con sus propios cultivos. Si los cultivos mueren, recuperan el dinero de todas formas, pues hay seguros involucrados, pero ¿Cómo vive la gente en las zonas donde se abre la llave en verano y no sale nada?

La escasez de recursos antes de ser un problema económico, es un problema político. Todos necesitamos agua para vivir, pero el agua se está haciendo cada vez más escasa, entonces ¿Cómo se repartirá lo que queda? ¿Qué usos se privilegiarán? Está situación de vuelve aún más crítica en las zonas rurales, donde los campesinos han debido abandonar sus cultivos y sus animales, ya que, a pesar de tener tierra, no tienen agua. En la imagen se pueden ver las piscinas de acumulación de agua en medio del clima semi árido en las comunas de Petorca y la Ligua, mientras a la gente se le entrega agua en camiones aljibe: agua que pagamos todos las chilenas y los chilenos.