La sentencia del Supremo Tribunal Federal (STF) ha monopolizado el debate público en un año electoral clave y la discusión en torno a Lula debe superarse pronto para que Brasil se enfoque en superar su real problemática, la democracia a cambio de favores.

La crisis política en Brasil no cesa. Desde el “impeachment” de Dilma Rousseff, luego de que el Congreso la destituyera de la presidencia, con el apoyo casi total de la ciudadanía, se mantiene un gran porcentaje del país dividido y manifestándose en las calles.

Hace un mes, el exmandatario de 72 años, fue condenado a 12 años y un mes de cárcel luego de que se confirmara la receptación de sobornos por parte de Petrobras. En el Supremo Tribunal Federal de Brasil, se votó por rechazar el habeas corpus de Luiz Inácio Lula da Silva, condenado en segunda instancia por corrupción, por cinco votos a cuatro, acto que demuestra y ejemplifica la profunda brecha de diferencias que genera el caso Lula en el país. Previo a esto, Lula presentó un recurso ante el STF para evitar su encarcelamiento antes de agotar todas las instancias judiciales.

Ante este nuevo recurso de defensa, el Tribunal Supremo de Brasil inició un plazo de voto electrónico, para que 5 de sus jueces decidan si se acogerá la defensa de Lula, hecho que podría dejar en libertad al ex presidente. El proceso se inició el pasado viernes 4 de mayo y tendrá plazo hasta el 10 de mayo, terminando un día después con la publicación de la resolución del caso. Pese a su actual situación, entre las rejas, el ex mandatario no abandona el deseo de ser candidato en las proximas elecciones presidenciales el 7 de octubre del presente año, liderando una encuesta realizada por el Instituto Paraná Pesquisas, con un 27,6% que lo posiciona como el favorito, seguido por el ultraderechista Jair Bolsonaro.

No obstante, el propio Lula da Silva firmó la ley “Ficha limpia”, aprobada en mayo del año 2010, que impide que un condenado en dos instancias se presente como candidato presidencial, ley que en este momento, podría jugarle en contra.

Esa es la forma con la cual Brasil se adentra en un laberinto que parece no tener una pronta salida. La función de la política como mediadora de conflictos está lejos y la democracia brasileña está encarcelada desde hace décadas, por el alto nivel de corrupción evidenciado en los últimos años en el espectro politico del país.