Por Luis Villavicencio

 

A propósito de las notables movilizaciones universitarias y secundarias, que han irrumpido con fuerza en las últimas semanas, se ha generado un debate. Estas movilizaciones explícitamente feministas han propiciado espacios separatistas. Ante ese escenario se ha criticado, preferentemente por hombres, la segregación sexual de algunas asambleas en recintos educacionales. Quisiera reflexionar en torno a este reclamo.

En principio parecen plausibles las amargas quejas de los hombres -ya sea que pertenezcan o no a las comunidades movilizadas- respecto del carácter aparentemente excluyente de las movilizaciones. Un espacio separatista es, por definición, discriminatorio dirán algunos. Otros irán más lejos, constituir esferas cerradas es una muestra de fascismo galopante. Otros tantos sostendrán, con un aire complaciente, ¿cómo nos van a educar o enseñar qué es el feminismo si no nos dejan participar? En fin, en general, todos se quejarán por lo poco tolerante del discurso y de la paradoja de una demanda que exige justicia, excluyendo.

Las quejas de los varones, muchas veces con el único fin de victimizarse, pueden parecen correctas, pero no lo son. Veamos por qué. En primer lugar, dado que la agenda inmediata de las demandas exige adoptar, en contextos educativos, reglas y prácticas que sancionen y prevengan, entre otros, los abusos de poder y de carácter sexual, resulta del todo razonable que las mujeres privilegien espacios receptivos y confiables donde compartir sus testimonios y denuncias. La justificación se fortalece si reparamos que varias de esas denuncias están dirigidas contra sus propios pares varones. ¿Cómo podrían comunicar sus vivencias ante hombres que tienen naturalizadas y normalizadas muchas formas de violencia y cosificación de la mujer? Todavía peor, ¿cómo se sentirían suficientemente seguras en una asamblea a las que podrían concurrir estudiantes varones que han abusado o acosado?

En segundo lugar, nosotros no somos los protagonistas de este movimiento por la sencilla razón de que no podemos dimensionar, en toda su magnitud, la exclusión que sufren las mujeres. La violencia de género tiene sexo, es decir, la sufren abrumadoramente las mujeres. Una de cada dos mujeres declara en Chile haber sufrido algún tipo de violencia más de una vez. Un 90% de las denuncias penales y un 96% de las denuncias en sede de tribunales de familia afectan a mujeres. Uno podría pensar que la igualdad entre sexos ha mejorado y que ello ha repercutido positivamente en menores índices de violencia de género entre los jóvenes. Lamentablemente no es así, lo que demuestra el carácter estructural de la violencia. Entre los 15 y los 29 años, al menos un 45% de las mujeres han sufrido violencia más de una vez. También es muy significativo el dato de que el 85% de la violencia que sufren las mujeres se produce en el ámbito de las relaciones de pareja. Por último, para ilustrar que la violencia se vincula directamente con la opresión estructural y que la falta de independencia económica y moral influye en la incapacidad de escapar del círculo de la violencia, podemos destacar que en sede penal un tercio de las denuncias son realizadas por dueñas de casa y en sede familiar más de un 40%. Del porcentaje restante, más del 20% de las denunciantes tienen empleos precarios o no calificados. Y, por el otro lado, menos del 3% de los casos denunciados corresponden a mujeres profesionales o que desempeñan trabajos calificados. ¿Quiénes mejor que las propias víctimas pueden articular sus vivencias? ¿Quiénes mejor que las que padecen a diario la violencia, el acoso y el abuso pueden generar un discurso que interpele a los demás a actuar con justicia? Esta vez nos toca escuchar a los varones, no estamos acostumbrados, pero es lo que corresponde.

En tercer lugar, las mujeres no tienen por qué enseñarnos. Cuando desde la cómoda posición de nuestros privilegios exigimos -reproduciendo los estereotipos que reservan a las mujeres las tareas de la educación informal- que se nos instruya porque tenemos la mejor disposición de escuchar no estamos siendo sinceros. Cualquiera que tenga genuino interés en lo que sea muestra una disposición para saber, para enterarse. Otros dirían “¿de qué privilegios me hablan?” O alegarán “yo no soy un privilegiado”. Lamento informarte que sí lo eres, que no te des cuenta es otra cosa. Ser privilegiado significa gozar de una posición social ventajosa por razones inmerecidas. En el caso de los varones, gozamos de esa prerrogativa por el solo hecho de ser hombres. Su causa más profunda es una opresión estructural que padecen las mujeres por la transferencia gratuita de poder que hacen a los hombres al dedicarse casi exclusivamente a las labores de crianza, domésticas y de cuidado. O las mujeres trabajan gratis para los hombres, o una mujer de clase baja trabaja para que una mujer de clase alta pueda independizarse.

Esa opresión estructural se traduce en exclusiones y discriminaciones de diversa índole y gravedad. Así, por ejemplo, la violencia de género –como ya adelanté- tiene sexo pues la padecen casi siempre mujeres (heterosexuales, lesbianas o trans). En el ámbito laboral, el escenario también es desalentador. La Ley 20.384 sobre igualdad salarial ha tenido nulo impacto. La brecha de género salarial se mantiene (alrededor de un 30% de diferencia por igual función). La tasa de participación laboral femenina está estancada en un 47% (más baja que el promedio de Latinoamérica) a pesar del crecimiento económico del país, una tasa de fertilidad similar a la de los países desarrollados (1,9) y, lo más paradojal, pese a que las mujeres tienen más años de escolaridad que los hombres, mejores notas, han copado los centros de educación superior y hacen más posgrados que los hombres. En esa misma línea la cantidad de mujeres que ganan menos del sueldo mínimo dobla a sus pares masculinos, situación que se invierte tres a uno tratándose de salarios superiores al millón de pesos.

Ahora bien, que no nos corresponda un rol protagónico tampoco implica que debamos observar pasivamente lo que está sucediendo. El papel que las mujeres y la sociedad espera de nosotros es que adoptemos una postura activa para reconocer nuestros privilegios inmerecidos por razones de sexo, deconstruir nuestras gastadas identidades masculinas que también nos perjudican porque no solo constriñen y achatan nuestros horizontes y experiencias, sino que incluso nos enferman. Según los expertos, una de las razones fundamentales de nuestra menor expectativa de vida y nuestra mayor tasa de suicidios se vincula con que los estereotipos masculinos nos bombardean, cotidianamente, para recordarnos que el autocuidado físico y mental es cosas de débiles.

Una vez que reconozcamos nuestros privilegios, debemos comenzar el largo y complejo proceso de repensar nuestras masculinidades. Ello nos demandará contribuir, al menos, a desmasculinizar las propiedades que se consideran positivas para el trabajo y favorecer, desde nuestra vida diaria, la consolidación de auténticas políticas de corresponsabilidad que distribuyan equitativamente las labores domésticas, de crianza y de cuidado. Este es el único camino que a largo plazo permitirá equilibrar el costo que supone contratar a una mujer en vez de un hombre por el “riesgo” que supone la maternidad. Probablemente el cuidado de los hijos continuará siendo un elemento asociado al género por mucho tiempo, pero es posible incentivar un cambio gradual que reparta la responsabilidad paterna desde el trabajo remunerado hacia la atención y el cuidado de los hijos. De lo que se trata es trabajar por la promoción eficaz de la igualdad. En ese cambio sí podemos, mejor dicho, debemos ser protagonistas.

 

Centro de Investigaciones de Filosofía del Derecho y Derecho Penal

Universidad de Valparaíso